Se alza la Patria en altares de lino, un eco romántico, un viejo fervor, pero el mapa es trazado por un pergamino que guardan celosos los dueños del honor.
Son los Patricios de ayer y de ahora, que heredan la tierra, el estatus, la voz, mientras la Nación, que trabaja y que llora, construye el paisaje y obedece al reloj. Mas no busques cadenas en plazas centrales, ni ejércitos fieros marchando al compás;
el yugo moderno no usa metales, se esconde en la sombra, sutil y falaz.
Es el micro poder que domina el pasillo, la norma invisible, el aula escolar, el jefe de turno, el sello, el bolsillo, la culpa que siembran por no encajar.
La Nación se imagina soberana y gigante, cantando a la Patria con ciega lealtad, sin ver que el patricio, astuto y distante, gobierna en los pliegues de su intimidad.
En la fila del banco, en la red, en la calle, en el miedo al rechazo y en la aprobación; el control se fragmenta en cada detalle, y en jaulas de seda doman la emoción.
La patria es el mito que enciende la sangre, la nación es el cuerpo que pone la piel; el patricio diseña la red y el enjambre, y el micro poder nos mantiene en él.
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