Buscar este blog

domingo, 18 de octubre de 2026

El sufrimiento o pasar por dolor corporal y espiritual como prueba, no olvidar los orígenes y el propósito en el cristianismo

El sufrimiento o pasar por dolor corporal y espiritual como prueba, no olvidar los orígenes y el propósito en el cristianismo. 



Introducción 
La experiencia del sufrimiento (manifestada tanto en la maceración del cuerpo físico como en la angustia opresiva del espíritu) constituye una de las encrucijadas más complejas y determinantes de la existencia humana. Frente al dolor, la conciencia contemporánea oscila frecuentemente entre la desesperación nihilista, que percibe el padecimiento como un ciego e injustificable absurdo, y el utilitarismo técnico, que intenta anestesiar toda fragilidad sin descifrar su significado trascendente. Sin embargo, la cosmovisión cristiana aborda la afección corporal y espiritual desde una profundidad ontológica radical: no la interpreta como un destino fatal ni como un castigo divino arbitrario, sino como un crisol o prueba pedagógica que expone la finitud de la criatura y la purifica de la autosuficiencia. El propósito de este ensayo crítico es examinar cómo el tránsito por el dolor corporal y espiritual actúa como una prueba de fe que impide que el ser humano olvide sus orígenes divinos en la Imago Dei y lo reorienta hacia su propósito teleológico definitivo. A través de un diálogo hermenéutico entre la revelación bíblica, la teología dogmática y la filosofía de la religión (incorporando pensadores como Fiódor Dostoievski, Luigi Pareyson y Søren Kierkegaard), se sostendrá que el sufrimiento, lejos de destruir la condición humana, es transfigurado por el misterio pascual de Cristo, convirtiéndose en el espacio pedagógico donde el individuo recupera su dignidad originaria y ejercita la confianza filial.

La fenomenología del dolor corporal y espiritual: La angustia como prueba y la tentación del absurdo. 

El sufrimiento humano no se limita a una alteración biológica o a un desequilibrio afectivo; es una sacudida integral que quiebra la ilusión de autonomía del sujeto. En el plano somático, el dolor corporal deprime la vitalidad, desgasta la carne y enfrenta al individuo con su ineludible caducidad. En el plano neumático o espiritual, la angustia se presenta como un «vértigo de la libertad» ante la presencia del mal, la culpa o la vivencia del abandono.

Según explica Giménez-Salinas (2011), la irrupción del dolor inocente y el padecimiento inútil despiertan históricamente amargas sospechas sobre la justicia divina, llevando a mentes desesperadas a cuestionar la existencia misma de Dios o a declarar que el mundo carece de todo sentido. Esta problemática alcanza su punto culminante en la literatura de Fiódor Dostoievski, donde personajes como Iván Karamazov edifican su ateísmo sobre el escándalo del dolor infantil. Dostoievski (2000, como se citó en Giménez-Salinas, 2011) sintetiza esta rebelión racionalista mediante una formulación categórica sobre la inadmisibilidad del dolor inmerecido:

Un inocente no debe sufrir por otro, ¡y menos semejante inocente! (p. 101).

Sin embargo, cuando el sufrimiento se desvincula de una matriz teológica y se reduce a un evento puramente biológico o contingente, la existencia pierde su densidad dramática y se banaliza en un nihilismo confortatorio. Frente a esta postura, la teología bíblica sostiene que las experiencias amargas del desierto no son accidentes caóticos, sino momentos donde Dios prueba el corazón del creyente para despojarlo de falsas seguridades. Tal como argumenta Montecillos (s.f.), las aflicciones e impases del peregrinaje terrenal actúan como herramientas de examen espiritual:

Dios permite las experiencias amargas en la vida del creyente, para mostrarnos su amor y poder; provisiones necesarias para el peregrinar en este desierto que va hacia la tierra prometida. (p. 35).

Por ende, el dolor corporal y espiritual actúa como una dokime o prueba refinadora. El sufrimiento quema las impurezas del orgullo intelectivo y posiciona al ser humano en su verdadera escala de criatura: impotente para salvarse a sí misma, pero infinitamente abierta a la gracia redentora.

No olvidar los orígenes: La Imago Dei frente a la degradación utilitarista



Ante el embate de la enfermedad y el desamparo, el mayor peligro existencial no es la vulnerabilidad física, sino el olvido de los orígenes ontológicos. La cultura contemporánea tiende a valorar al individuo de acuerdo con su rendimiento económico o su capacidad funcional, relegando a los enfermos, ancianos y sufrientes a la categoría de «cuerpos descartables». Frente a esta cosificación, el cristianismo apela a la verdad protológica del ser humano: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Imago Dei).

Según expone Mora Calvo (2004), la doctrina del Magisterio eclesial y de la antropología cristiana reafirma que el valor sagrado de la persona radica en su acto creador original y no en criterios utilitarios. Juan Pablo II (1983, como se citó en Mora Calvo, 2004) enfatiza que esta huella divina permanece inquebrantable aun cuando la condición humana se halla atravesada por la debilidad y el quebranto:

La fe nos enseña que el hombre es imagen y semejanza de Jehová (Cf. Gen. 1.27); esto significa que está dotado de una inmensa dignidad; y que cuando se atropella al hombre, cuando se violan sus derechos, cuando se cometen contra él flagrantes injusticias, cuando se le somete a las torturas... se comete un crimen y una gravísima ofensa a Jehová; entonces Cristo vuelve a recorrer el camino de la pasión y sufre los horrores de la crucifixión en el desvalido y oprimido. (p. 91).

Recordar los orígenes implica reconocer que el cuerpo doliente no es una máquina averiada, sino el templo de una criatura llamada a la comunión eterna. El sufrimiento bien encauzado desarticula la soberbia del sujeto que pretende ser el arquitecto absoluto de su destino. Al experimentar la «desnudez ontológica» en la enfermedad o la aflicción, el creyente es obligado a mirar atrás, al Huerto del Edén, reconociendo que su vida no proviene de sí mismo, sino que le ha sido dada como un don inmerecido que debe ser custodiado con fidelidad y humildad.

El propósito del sufrimiento en la pedagogía divina: De la Kenosis a la Transfiguración. 



El cristianismo no glorifica el dolor por el dolor mismo —lo cual constituiría una desviación masoquista o sádica—, sino que descubre su sentido a la luz del propósito redentor manifestado en Jesucristo. La respuesta cristiana al dilema del mal y del padecimiento no es una teoría teórica abstracta, sino un acontecimiento histórico()salvífico: la kenosis o anonadamiento del Verbo divino, quien asumió voluntariamente la carne doliente, la tentación y el martirio de la Cruz.

Pareyson (1995, como se citó en Giménez()Salinas, 2011) analiza la estructura del «cristianismo trágico» demostrando que la victoria sobre el mal no se realiza suprimiendo la tragedia de la existencia, sino penetrando en ella a través del co()sufrimiento divino y humano:

Es extremadamente trágico que sólo en el dolor Dios logre socorrer al hombre y el hombre logre redimirse y elevarse hasta Dios. Pero es precisamente en este co()sufrimiento divino y humano que el dolor se revela como la única fuerza que logra dar razón del mal. Este principio es uno de los pilares del pensamiento trágico: que entre el hombre y Dios no exista colaboración en la gracia si antes no la hay en el sufrimiento; que sin el dolor el mundo aparezca como enigmático y la vida absurda; que sin el dolor el mal permanezca no redimido y la alegría inaccesible.

En virtud de aquel co()sufrimiento el dolor se manifiesta como el nexo viviente entre la divinidad y la humanidad, como una nueva copula mundi; y es por esto que el sufrimiento viene a ser considerado como el perno de la rotación de lo negativo hacia lo positivo, el ritmo de la libertad, el punto de apoyo de la historia. (p. 104).

En la pedagogía del cristianismo, pasar por el dolor físico y espiritual cumple tres propósitos espirituales fundamentales:

Unir al creyente con la Pasión de Cristo: Al ofrecer el dolor corporal, el individuo no sufre en la soledad del aislamiento, sino que configura sus heridas con las de Aquel que «llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores» (Isaías 53:4; Mateo 8:17).
Promover la madurez existencial y la paciencia activa (hypomone): La aflicción probada con fe produce paciencia, la paciencia genera un carácter probado (dokime), y la prueba da lugar a una esperanza inquebrantable.
Restablecer la solidaridad profética: Quien ha atravesado el desierto de la angustia adquiere una sensibilidad renovada para compadecerse de los marginados y oprimidos de la historia, traduciendo su vivencia interior en obras de justicia y misericordia social (Salmos 103:6).

Como afirma críticamente Giménez()Salinas (2011):

Para el cristianismo, en cambio, el problema no es suprimir el sufrimiento, que sería como suprimir la realidad, sino de encontrar el sentido y confirmarlo: se trata de saber sufrir para hacer del dolor mismo no una disminución, sino un incremento de la personalidad; se trata sobre todo de sufrir por los demás para colmar un déficit metafísico... La liberación del dolor consiste en la profundización del dolor mismo. (p. 105).

Por consiguiente, el propósito final del sufrimiento en la existencia cristiana es la transfiguración. Las marcas del dolor corporal y espiritual, que para el mundo laico representan la ruina y la fealdad del ser, son transformadas por la gracia en signos de resurrección y en la victoria de una «segunda inocencia» post-crítica.

Conclusión. 



El estudio crítico de las fuentes bíblicas y teológicas demuestra que el sufrimiento y el dolor corporal o espiritual no constituyen el capítulo final de la condición humana, sino su terreno de prueba y purificación más exigente. Frente a la tentación de caer en el cinismo o de olvidar la vocación divina ante la dureza de la prueba, el Evangelio recuerda incansablemente el origen ontológico del ser humano en la Imago Dei y su destino de gloria en Cristo.

El dolor aceptado con humildad deshace el velo de la autosuficiencia, entrelaza la debilidad de la criatura con la omnipotencia del Creador y transforma la angustia en una profunda confianza filial. Al no olvidar sus orígenes ni su propósito trascendente, el creyente que atraviesa el desierto de la prueba descubre que las heridas del cuerpo y del espíritu se convierten en el canal a través del cual la gracia santificante transfigure la existencia, permitiéndole afirmar con el apóstol Pablo que las tribulaciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que se manifestará en la humanidad redimida.

Referencias Bibliográficas

Dostoievski, F. M. (2000). Los hermanos Karamazov (N. Ujánova, Ed.). Cátedra. (Obra original publicada en 1880).
Giménez-Salinas, C. (2011). El sufrimiento y la condición humana en F.M. Dostoievski y L. Pareyson. Pensamiento y Cultura, 14(1), 95–108. [suspicious link removed]
Giraldo Aristizábal, J. D. (2013). El pecado como deshumanización en el documento de Aparecida. Cuestiones Teológicas, 40(94), 433–455.
Grudem, W. (2007). Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica. Vida.
Montecillos, J. L. (s.f.). Cristo en el Antiguo Testamento. Editorial Vida.
Mora Calvo, H. R. (2004). Juan Pablo II: Apostillas filosóficas a su concepto de la dignidad humana. Revista Reflexiones, 83(2), 89–94. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4796442.pdf
Pareyson, L. (1995). Ontologia della libertà. Einaudi.
Pareyson, L. (2007). Dostoievski: Filosofía, novela y experiencia religiosa (C. Giménez, Trad.). Encuentro.
Rodríguez Roca, J. A. (2018). La dimensión lúdica de la Cristología. Dialnet, 42(2), 85–102. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7805148.pdf
Torres Queiruga, A. (2006). La estructura fundamental de la esperanza bíblica. Pensamiento y Cultura, 9(1), 229–252. https://www.redalyc.org/pdf/1910/191017493006.pdf

OSRHES2026

 

El sufrimiento o pasar por dolor corporal y espiritual como prueba, no olvidar los orígenes y el propósito en el cristianismo

El sufrimiento o pasar por dolor corporal y espiritual como prueba, no olvidar los orígenes y el propósito en el cristianismo.   Introducció...