La fenomenología del dolor
corporal y espiritual: La angustia como prueba y la tentación del absurdo.
El sufrimiento humano no se
limita a una alteración biológica o a un desequilibrio afectivo; es una
sacudida integral que quiebra la ilusión de autonomía del sujeto. En el plano
somático, el dolor corporal deprime la vitalidad, desgasta la carne y enfrenta
al individuo con su ineludible caducidad. En el plano neumático o espiritual,
la angustia se presenta como un «vértigo de la libertad» ante la presencia del
mal, la culpa o la vivencia del abandono.
Según explica Giménez-Salinas
(2011), la irrupción del dolor inocente y el padecimiento inútil despiertan
históricamente amargas sospechas sobre la justicia divina, llevando a mentes
desesperadas a cuestionar la existencia misma de Dios o a declarar que el mundo
carece de todo sentido. Esta problemática alcanza su punto culminante en la
literatura de Fiódor Dostoievski, donde personajes como Iván Karamazov edifican
su ateísmo sobre el escándalo del dolor infantil. Dostoievski (2000, como se
citó en Giménez-Salinas, 2011) sintetiza esta rebelión racionalista mediante
una formulación categórica sobre la inadmisibilidad del dolor inmerecido:
Un inocente no debe sufrir por
otro, ¡y menos semejante inocente! (p. 101).
Sin embargo, cuando el
sufrimiento se desvincula de una matriz teológica y se reduce a un evento
puramente biológico o contingente, la existencia pierde su densidad dramática y
se banaliza en un nihilismo confortatorio. Frente a esta postura, la teología
bíblica sostiene que las experiencias amargas del desierto no son accidentes
caóticos, sino momentos donde Dios prueba el corazón del creyente para
despojarlo de falsas seguridades. Tal como argumenta Montecillos (s.f.), las
aflicciones e impases del peregrinaje terrenal actúan como herramientas de
examen espiritual:
Dios permite las experiencias
amargas en la vida del creyente, para mostrarnos su amor y poder; provisiones
necesarias para el peregrinar en este desierto que va hacia la tierra
prometida. (p. 35).
Por ende, el dolor corporal y
espiritual actúa como una dokime o prueba refinadora. El sufrimiento
quema las impurezas del orgullo intelectivo y posiciona al ser humano en su
verdadera escala de criatura: impotente para salvarse a sí misma, pero
infinitamente abierta a la gracia redentora.
No olvidar los orígenes: La Imago
Dei frente a la degradación utilitarista
Ante el embate de la enfermedad y
el desamparo, el mayor peligro existencial no es la vulnerabilidad física, sino
el olvido de los orígenes ontológicos. La cultura contemporánea tiende a
valorar al individuo de acuerdo con su rendimiento económico o su capacidad
funcional, relegando a los enfermos, ancianos y sufrientes a la categoría de
«cuerpos descartables». Frente a esta cosificación, el cristianismo apela a la
verdad protológica del ser humano: el hombre fue creado a imagen y semejanza de
Dios (Imago Dei).
Según expone Mora Calvo (2004),
la doctrina del Magisterio eclesial y de la antropología cristiana reafirma que
el valor sagrado de la persona radica en su acto creador original y no en
criterios utilitarios. Juan Pablo II (1983, como se citó en Mora Calvo, 2004)
enfatiza que esta huella divina permanece inquebrantable aun cuando la
condición humana se halla atravesada por la debilidad y el quebranto:
La fe nos enseña que el hombre es
imagen y semejanza de Jehová (Cf. Gen. 1.27); esto significa que está dotado de
una inmensa dignidad; y que cuando se atropella al hombre, cuando se violan sus
derechos, cuando se cometen contra él flagrantes injusticias, cuando se le
somete a las torturas... se comete un crimen y una gravísima ofensa a Jehová;
entonces Cristo vuelve a recorrer el camino de la pasión y sufre los horrores
de la crucifixión en el desvalido y oprimido. (p. 91).
Recordar los orígenes implica
reconocer que el cuerpo doliente no es una máquina averiada, sino el templo de
una criatura llamada a la comunión eterna. El sufrimiento bien encauzado
desarticula la soberbia del sujeto que pretende ser el arquitecto absoluto de
su destino. Al experimentar la «desnudez ontológica» en la enfermedad o la
aflicción, el creyente es obligado a mirar atrás, al Huerto del Edén,
reconociendo que su vida no proviene de sí mismo, sino que le ha sido dada como
un don inmerecido que debe ser custodiado con fidelidad y humildad.
El propósito del sufrimiento
en la pedagogía divina: De la Kenosis a la Transfiguración.
El cristianismo no glorifica el
dolor por el dolor mismo —lo cual constituiría una desviación masoquista o
sádica—, sino que descubre su sentido a la luz del propósito redentor
manifestado en Jesucristo. La respuesta cristiana al dilema del mal y del padecimiento
no es una teoría teórica abstracta, sino un acontecimiento histórico()salvífico:
la kenosis o anonadamiento del Verbo divino, quien asumió
voluntariamente la carne doliente, la tentación y el martirio de la Cruz.
Pareyson (1995, como se citó en
Giménez()Salinas, 2011) analiza la estructura del «cristianismo trágico»
demostrando que la victoria sobre el mal no se realiza suprimiendo la tragedia
de la existencia, sino penetrando en ella a través del co()sufrimiento divino y
humano:
Es extremadamente trágico que
sólo en el dolor Dios logre socorrer al hombre y el hombre logre redimirse y
elevarse hasta Dios. Pero es precisamente en este co()sufrimiento divino y
humano que el dolor se revela como la única fuerza que logra dar razón del mal.
Este principio es uno de los pilares del pensamiento trágico: que entre el
hombre y Dios no exista colaboración en la gracia si antes no la hay en el sufrimiento;
que sin el dolor el mundo aparezca como enigmático y la vida absurda; que sin
el dolor el mal permanezca no redimido y la alegría inaccesible.
En virtud de aquel co()sufrimiento
el dolor se manifiesta como el nexo viviente entre la divinidad y la humanidad,
como una nueva copula mundi; y es por esto que el sufrimiento viene a
ser considerado como el perno de la rotación de lo negativo hacia lo positivo,
el ritmo de la libertad, el punto de apoyo de la historia. (p. 104).
En la pedagogía del cristianismo,
pasar por el dolor físico y espiritual cumple tres propósitos espirituales
fundamentales:
Promover la madurez existencial y la paciencia activa (hypomone): La aflicción probada con fe produce paciencia, la paciencia genera un carácter probado (dokime), y la prueba da lugar a una esperanza inquebrantable.
Restablecer la solidaridad profética: Quien ha atravesado el desierto de la angustia adquiere una sensibilidad renovada para compadecerse de los marginados y oprimidos de la historia, traduciendo su vivencia interior en obras de justicia y misericordia social (Salmos 103:6).
Como afirma críticamente Giménez()Salinas
(2011):
Para el cristianismo, en cambio,
el problema no es suprimir el sufrimiento, que sería como suprimir la realidad,
sino de encontrar el sentido y confirmarlo: se trata de saber sufrir para hacer
del dolor mismo no una disminución, sino un incremento de la personalidad; se
trata sobre todo de sufrir por los demás para colmar un déficit metafísico...
La liberación del dolor consiste en la profundización del dolor mismo. (p.
105).
Por consiguiente, el propósito
final del sufrimiento en la existencia cristiana es la transfiguración.
Las marcas del dolor corporal y espiritual, que para el mundo laico representan
la ruina y la fealdad del ser, son transformadas por la gracia en signos de
resurrección y en la victoria de una «segunda inocencia» post-crítica.
Conclusión.
El estudio crítico de las fuentes
bíblicas y teológicas demuestra que el sufrimiento y el dolor corporal o
espiritual no constituyen el capítulo final de la condición humana, sino su
terreno de prueba y purificación más exigente. Frente a la tentación de caer en
el cinismo o de olvidar la vocación divina ante la dureza de la prueba, el
Evangelio recuerda incansablemente el origen ontológico del ser humano en la Imago
Dei y su destino de gloria en Cristo.
El dolor aceptado con humildad
deshace el velo de la autosuficiencia, entrelaza la debilidad de la criatura
con la omnipotencia del Creador y transforma la angustia en una profunda
confianza filial. Al no olvidar sus orígenes ni su propósito trascendente, el
creyente que atraviesa el desierto de la prueba descubre que las heridas del
cuerpo y del espíritu se convierten en el canal a través del cual la gracia
santificante transfigure la existencia, permitiéndole afirmar con el apóstol
Pablo que las tribulaciones del tiempo presente no son comparables con la
gloria venidera que se manifestará en la humanidad redimida.
Referencias Bibliográficas
Giménez-Salinas, C. (2011). El sufrimiento y la condición humana en F.M. Dostoievski y L. Pareyson. Pensamiento y Cultura, 14(1), 95–108. [suspicious link removed]
Giraldo Aristizábal, J. D. (2013). El pecado como deshumanización en el documento de Aparecida. Cuestiones Teológicas, 40(94), 433–455.
Grudem, W. (2007). Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica. Vida.
Montecillos, J. L. (s.f.). Cristo en el Antiguo Testamento. Editorial Vida.
Mora Calvo, H. R. (2004). Juan Pablo II: Apostillas filosóficas a su concepto de la dignidad humana. Revista Reflexiones, 83(2), 89–94. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4796442.pdf
Pareyson, L. (1995). Ontologia della libertà. Einaudi.
Pareyson, L. (2007). Dostoievski: Filosofía, novela y experiencia religiosa (C. Giménez, Trad.). Encuentro.
Rodríguez Roca, J. A. (2018). La dimensión lúdica de la Cristología. Dialnet, 42(2), 85–102. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7805148.pdf
Torres Queiruga, A. (2006). La estructura fundamental de la esperanza bíblica. Pensamiento y Cultura, 9(1), 229–252. https://www.redalyc.org/pdf/1910/191017493006.pdf




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